Durante mucho tiempo creí que si podía con más, sería más libre.

Entré al mundo corporativo en un puesto junior. Tenía hambre, curiosidad y me gustaba. Me rodeaban gente lista, grandes clientes y proyectos que me enseñaban rápido.
Crecí. En pocos años lideraba equipos de clientes y trabajaba en licitaciones por decenas y centenas de millones. Fue una gran escuela. En muchos sentidos, una buena escuela.
Pero cuanto más crecía, más veía también el otro lado. Política. Lucha constante por la atención. Presión por rendir. Personas que hacían un trabajo excelente pero no recibían reconocimiento real.
Durante mucho tiempo me dije que eso era parte de ello. Que así se juega el juego. Y que si soy lo bastante bueno, encontraré mi lugar en él.
Pero un juego en el que siempre tienes que ser más fuerte que tu cuerpo, con el tiempo deja de ser un juego.





